SOY VOLUNTARIO, Y NO HAY "CURA"

Sábado, ocho de la mañana de un mes de otoño y preparado para mi primer “paseo” con ciegos por el campo. En el puerto de Canencia hay una niebla espesa y hace frío, lo que hace que surja en mi cabeza la pregunta de ¿quién me manda a mí meterme en esto?.

Así comenzó mi primera actividad de voluntariado, pero sólo necesité escuchar a René decir “vamos un poco lentos” para darme cuenta de que los límites están más lejos de lo que pensamos. Esas ocho horas de caminata, en las que pasamos por un bosque de pinos, cruzamos un collado con el viento haciendo que perdiéramos el equilibrio, y en las que hicimos cima en plena ventisca, fueron un aprendizaje sobre la vida y la capacidad de superación y adaptación. Esas horas me convirtieron en voluntario, y no hay cura para esto.

Ser alumno en una clase de pintura cuya maestra es una niña con síndrome de Down, compartir un plato de paella y un Kibbeh con refugiados Sirios (¡qué comida tan rica!), intercambiar narices de payaso en el circo con niños en riesgo de exclusión social, dar patadas a un balón con inmigrantes de barrios marginales, pasear por la casa de campo con discapacitados o pasar una tarde colocando latas y más latas en un banco de alimentos, son sólo momentos que terminan con la satisfacción de haber estado con gente excepcional.

Es esa química que se genera entre el voluntario y el beneficiario la que hace que cada minuto que dedicamos merezca la pena.

Factor humano y tiempo. Estos son los dos ingredientes principales del voluntariado. Cada actividad se convierte en una interacción entre personas, en las que sobra el estatus, el poder y el consumismo. Son momentos en los que una mirada, una palabra, un abrazo o un gesto toman el protagonismo, despojándote de lo superfluo y quedando el afecto. Es bonito darte cuenta de que las cosas más simples se convierten en extraordinarias. Y en todos los casos llegas a casa con la alegría de haber podido compartir tu tiempo con gente alucinante.

Quiero llegar a la piedra más alta” me decía Lucía con una sonrisa enorme en la cima del pico de Urbión después de haber cruzado un nevero. “Pues dame la mano que yo te guío” Cualquiera se atrevía a decir que me daba vértigo…

Iván Paniagua
@paniaguaivan


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