MI PRIMERA VEZ (Y CON PAULA!)

14 de julio de 2018, #trailmolieres3010, Val d’Aran

Hola, me presento: soy Manu y acabo de completar mi primera maratón de montaña (y con Paula!).
Hasta ahora había corrido varias distancias en torno a la media maratón con desniveles hasta +1500 m. La pregunta que viene a continuación es evidente: ¿cómo se te ocurrió apuntarte precisamente a ésta como tu primera maratón, si tiene un desnivel de +4.100 m?

La respuesta es sencilla: esta maratón (TRAIL VIELHA MOLIERES 3010) está ubicada en el magnífico entorno del Pirineo Central y aquí tienes la oportunidad de fundirte en paisajes impresionantes y saciarte de vistas espectaculares de alta montaña. Y es precisamente esto lo que quería hacer.

Son las 6:30 de la madrugada, a punta de alba, suena el disparo de salida en la plaza de la iglesia de Vielha. Salimos en pelotón y pronto dejamos el asfalto y con ello la inclinación del terreno se va incrementando considerablemente. Yo tengo que empezar muy suave o me paso de pulsaciones enseguida. Paula y Eugeni (el otro compañero) van tirando fuerte, pero yo me mantengo fiel a mi objetivo de pulsaciones.
A los pocos kilómetros las cuestas son realmente pronunciadas y el pelotón inicial se ha convertido en una larga serpiente multicolor que trepa estas cuestas imposibles mientras el sol va esparciendo su luz por estas montañas de verde rabioso.

Después de salvar un desnivel de +1260 m llegamos a la cima de Montcorbison donde se nos muestra de frente, en toda su extensión, el potente glaciar del Aneto. Gritos de euforia, fotos y una sensación de estar viviendo un sueño. El sendero sigue recorriendo la carena, y aquí volvemos a poder correr, subiendo y bajando suaves desniveles, embrujados por esa vista maravillosa, que más parece una ilusión.

Todavía embargados por la euforia, llegamos al final de la carena y la pared de la montaña se precipita en picado hacía el avituallamiento de Artiga de Lin. El descenso empieza con piedras, pero un buen tramo es sobre hierba que provoca tropiezos y caídas, pero nada nos importa, pues estamos borrachos de alegría.

A reponer fuerzas y a por la segunda cima, el Tuc de Molières, un 3000 nada menos. La entrada al valle se me antoja lúgubre y ominosa. No sé si era intuición, pero este ascenso de casi +2000 m de desnivel es durísimo. Tartera vertical casi sin interrupción. El lago Estanhon des Pois permite un breve respiro, alguna foto, pero la pendiente vuelve a inclinarse y sigue, sigue, sigue. .. Las pulsaciones bien, pero noto la altura, la falta de oxígeno.

Antes veíamos el paisaje glaciar en frente y ahora acabamos entrando en él, a los pies del Coth des Aranesis. Bien, no es glaciar, pero este año hay muchísima nieve y desde esta cota de 2.438 m el recorrido es mayoritariamente sobre nieve, hasta la tartera (ya os lo dije que no se acababa) del pináculo final.
Este último tramo hasta la cima de 3010 m fue lo más duro de toda la carrera para mí. No porque no me sintiera cómodo sobre la nieve (todo lo contrario), sino porque me sentía muy cansado, en la cima acumulábamos ya +3.235 m de desnivel (mi récord anterior de desnivel en un solo día era +2000 m) y me sentía francamente cansado y falto de oxígeno. Por mi cabeza circulaban pensamientos “realistas” del tipo "tendré que abandonar cuando llegue al control de la base de esta cima", "me veo incapaz de acabar la carrera", "a ver cómo convenzo a mis colegas para que no me obliguen a continuar", etc.

Lo cierto es que la bebida, la comida, el descanso y la visión de nieve de la bajada (soy un loco esquiador de fuera pista) me transformaron el cerebro. Donde antes había agotamiento y pesadez, ahora rebosaba de nuevo euforia y alegría. Sin pensar en si acabaría o no la maratón nos lanzamos al corto rapel, colocación de crampones y a bajar por el sendero excavado en la nieve con cuerda de seguridad. Hago un inciso para resaltar la excelente organización y el trabajo de los voluntarios que nos animaron, nos ayudaron y nos mimaron en todo momento.

Volviendo a la nieve, aquí disfrutamos los tres (los tres somos esquiadores) como chavalines enloquecidos: una vez la pendiente no era tan fuerte, pudimos deslizarnos con los crampones, con el culo o como fuera. Caíamos, nos levantábamos, superando metros rápidamente y lo más importante, con el ánimo por las nubes y la alegría en el cuerpo.

Cuando se acabó la nieve, volvió… eso es, la tartera. ¡Enhorabuena por adivinarlo! Y así siguió hasta el fondo del valle. En este tramo íbamos a paso ligero (sin correr), saludando a unos y otros. A estas alturas, después de pasar por tamañas dificultades, ya has entablado alguna que corta conversación o has intercambiado algún mensaje de ánimo con otros corredores y corredoras. Hay muy buen rollo, todos con un objetivo común y con cierta competitividad, no tenemos que escondernos.

Llegamos al avituallamiento de la boca sur del túnel de Vielha con 31,7 Km recorridos y bastante, bastante cansados. Esta es la parada que estaba prevista como más abundante en comida y ciertamente la organización de nuevo estuvo acertada. Nos metimos un plato de spaghetti con salsa de tomate entre pecho y espalda, que resucitaba un muerto (nunca mejor dicho, sin llegar a estar muertos del todo).
Y con determinación y visualizando claramente que sí lo íbamos a conseguir, emprendimos el nuevo ascenso, los +865 m restantes. Estas montañas son tremendamente escarpadas y los senderos a veces parecen más escaleras que otra cosa. A estas alturas íbamos en silencio casi todo el rato (¿concentrados?, ¿cansados?: un poco de todo). Y nuestro pequeño grupo de tres acabó siendo de cinco, repescando compañeros necesitados de una palabra de ánimo, de un cierto calor de hermandad. Pero lo cierto es que la ayuda era mutua (gracias Kevin y Amadeo). Y así, lentos pero sin descanso, vencimos los últimos metros de ascenso. Cuando llegamos al collado, donde había el avituallamiento, casi parecía que fuera la meta. ¡Qué subidón nos entró! Preguntamos por la hora de corte de la meta, y parecía que sí, que llegaríamos a tiempo, ¡sólo faltaría!

Y el último descenso por tartera y por nieve primero, luego ya un sendero con hierba más amable con la sensación de estar a punto de tocar la meta. Este “a punto” en realidad eran casi 11 kilómetros más, pero me veía perfectamente capaz de seguir disfrutando la bajada y de llegar a meta. De hecho, llevando tantísimo desnivel a nuestras espaldas (pesa más el desnivel que los kilómetros en esta carrera), nunca hubiera imaginado que me sentiría tan bien y con tanta fuerza. Por no hablar de límites, hablemos de que a menudo no conocemos las capacidades de nuestro cuerpo. Este cuerpo que es un tesoro que tenemos que cuidar.

Pero sigamos! Corriendo! La luz solar cada vez más oblicua, las sombras extendiéndose, muchas horas trotando por estos montes y el último avituallamiento. Más palabras de ánimo, que ya lo tenéis! Enhorabuena!
Pista ancha ahora (un respiro), sendero por el hayedo (qué maravilla con esta luz filtrándose entre las hojas, el olor de la tierra húmeda) y la sensación de que la meta se aproxima. Asfalto, la gente aplaudiéndonos a nuestro paso, parece mentira, es como un sueño. Han transcurrido algo más de trece horas y volvemos a estar en el punto de salida: Finishers!

Y pienso para mí: Manu, que no te lo creías allí arriba del Molières! ¿Qué te ha pasado luego? Has recuperado la fe en ti mismo. Estos meses de entrenos, intentando disfrutarlos todos, pero con un objetivo claro. Este objetivo ha parecido desvanecerse allí en la dura subida por la nieve, pero has perseverado y la confianza ha vuelto por sí sola.

Y pieza fundamental en todo esto la compañía: Paula, enseguida tuvimos claro que lo nuestro fue una amistad a primera vista y Eugeni, el hombre de corazón elegante y franca risa. Gracias a vosotros, gracias a los otros compañeros con los que nos hemos cruzado este sábado de julio en las laderas de este hermoso valle.

Manu Llabrés
@manullabres


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